lunes, 30 de julio de 2012

Capítulo 2-Mi verde corazoncito


Tengo sentimientos, ya lo creo. Cuando odio a alguien, le odio con todo mi ser. Cuando soy amiga de alguien me entrego al 100%. Y cuando me enamoro de alguien daría lo que fuera por una mirada. Como por la mirada de Óscar.

Entro a la biblioteca. He dejado las lentillas en casa, así que voy con mis aparatosas gafas de pasta. No me importa. Sé que físicamente no le gusto. Con el corazón encogido, me adentro en las salas de estudio, y le veo. Con ese pelo rubio y despeinado suyo, la vista clavada en un libro tras ses lentes, el ceño fruncido por la concentración... Me acerco cautelosamente.

-Hola, Óscar-digo en voz baja y sonriendo-. ¿Puedo sentarme aquí?

Le echa un vistazo a mi ropa: camiseta negra de AC/DC, mallas con estampado de zebra y mis Converse clásicas. Pone cara de susto ante mi sonrisa desmesurada. Examina la sala. Hay algunas mesas vacías, así que debe estar preguntándose:

1-Si estoy loca
2-Si le acoso
3-Si tengo algún interés en estudiar
4-Por qué me siento con él habiendo espacio libre
5-Por el modo en el que mira las letras "AC/DC", qué talla de sujetador uso
6-Dónde puede esconderse
7-Si realmente usaré gafas o si las llevo para darme un aire remotamente hypster.
8-Si mi mochila va cargada de bombas en vez de libros.

-Lo tomaré como un sí-digo, y me quito la chaqueta de cuero y me siento. Abro la libreta y empiezo a repasar latín. En un momento de iluminación, tras meditarlo, le pregunto algo a Óscar, empujada por elCarpe Diem.
-¿Puedes ayudarme con estas declinaciones de latín?
-No.
-Ah-tras un segundo de parón, vuelvo a la carga-. ¿No se te da bien?
-Estudio ciencias-dice, sin levantar la vista de su maldito libro de física. ¿Qué tendrán esas puñeteras páginas sobre la formulación orgánica que no tenga yo? ¿Tetas?

Vuelvo a mis apuntes. De vez en cuando, e irremediablemente, le miro y me maldigo por ello. En un momento glorioso, le pillo mirándome, y le sonrío. Inexpresivo, se concentra en el libro. Yo, que ya tengo las desinencias muy vistas, paso a sociales. Entonces escucho cómo recoje sus cosas. No le miro, sigo leyendo, medio haciéndome le interesante. Se subelas gafas, se levanta, se despide de mí con la mano y se va, dejándome ver sus ojos marrones por un segundo. Me despido, y vuelvo al cuaderno. Repentinamente, esta líneas escritas con mi letra apresurada carecen de todo interés, y no hay manera de que me entre nada en la cabeza.

-Mierda-mascullo, y me voy de la biblioteca de mal humor.
*************************************************************************************

Al llegar a casa, me sorprendo por lo VACÍA que está. A mi paso hay múltiples cajas de cartón, de todos los tamaños imaginables. ¿Es que nos mudamos?
Un silencio extraño lo llena todo, ni siquiera se oye el rumor de la tele, de esa programación aburridísima sobre el deporte internacional que tanto le gusta a mi padre. Avanzo lentamente, como si el suelo fuera un campo minado. Asomo la nariz por la puerta del recibidor, y veo a mi madre metiendo su joyero en una de las cajas.
-Hola-digo-. ¿Y papá?
En ese momento entra por la puerta, visiblemente cansado.
-Eh, ¿qué pasa? ¿Es que nadie va a decir nada?-digo, poniéndome nerviosa.
-Cariño, tenemos que hablar-dice mamá, mientras se sienta en un lado del sofá. Palmea un cojín para que me siente, pero no voy.
-¿Qué pasa?-¿qué he hecho mal?
-Bueno... Tu padre y yo llevamos una época... difícil-no. No, no, no, no, no, no, no. Esto no puede estar pasando. Con los ojos muy abiertos, tomo asiento en el sofá.
-No nos entendemos.
-Somos muy diferentes.
-Y os separáis-escupo. Se hace un silencio denso.
-Sí-dice mamá.
-¿Por qué?-digo, notando cómo se me llenan los ojos de lágrimas.
-Llevamos veinte años de matrimonio.
-Llevábais-corrijo, quizás demasiado abruptamente.
-Sí.
Nadie habla. Sólo escucho mi respiración agitada, cada vez más rápida. Necesito. Un. Cigarro. AHORA MISMO. Como un resorte, me levanto del sofá y voy a mi cuarto. Cierro la puerta y busco un paquete de tabaco. Lo enciendo y fumo con una ansiedad que nunca antes había sentido.
-Joder... Joder...
Enciendo la música y la pongo al máximo de volumen. Empieza a sonar Jesus of Suburbia. Quiero sentir toda la nicotina dentro de mí, y si el tabaco me tiene que matar, que lo haga ahora mismo.
Justo entonces se abre la puerta de golpe y veo a mamá entrando.
-Oye, cielo-dice, y entonces ve el cigarro en mi mano y el humo que me envuelve-. Qué... demonios... estás... haciendo...-tartamudea. Por toda respuesta, yo alzo el cigarro y le doy una calada.
-¿QUÉ TE CREES QUE ESTÁS HACIENDO?-escucho los pasos de papá viniendo hacia mi cuarto.
-¡Fumar, eso hago, fumar!
-¡TÚ NO FUMAS!-dice, roja de histeria.
-¡SÍ QUE FUMO, NO ME VES!-grito, aspirando más.
-Desde... Desde cuando...-dice papá.
-Hace un año. ¿Es que no lo veis? ¡No soy una niña pequeña! ¡Ya no! Y no podéis exigirme cosas. No lo entendéis...





-Tienes prohibido fumar-dice mamá con dureza.
-Oh, está bien, entonces fumaré a escondidas-digo, y les miro con un enfado que nunca antes he tenido. Me voy al baño e intento calmarme, pero no hay manera.
Al volver a mi cuarto, me cambio de ropa, y me pongo unos tejanos y una camisa blanca. Cojo mi gabardina, el tabaco y, con grandes zancadas, voy ahcia la puerta.
-¿Dónde te crees que vas?
-Con Clara. Así podréis acabar con esta mierda sin mí-digo, zanjando el tema y saliendo. Bajo las escaleras corriendo, y voy a casa de Clara sin dejar de correr. Obviamente, llego exhausta.
****************************************************************************
-Estoy harta de todo-digo, acabando mi discurso lastimero, donde le exponía todo lo que ha pasado, y encendiendo un cigarro.
-Fumas mucho.

La miro como si la fuera a carbonizar in situ.

-Lo necesito. Hoy sólo me he echado tres-ella me mira de una manera que no sé descifrar, como si fuera muy extraña.
-Tranquila-dice, y me abraza-. Tranquila.

Me consuela como buenamente puede, y me trae una caja entera de pañuelos para que llore a mis anchas. Va dándome palabras de ánimo. Por suerte puedo quedarme a dormir en su casa esta noche, pienso.

Bajamos a cenar. Sus padres no llegarán hasta tarde, se han ido con unos amigos a pasar la noche. Me sirvo un ínfima ración de macarrones con salsa de quesos, pensando que no tendría apetito, pero en cuanto doy un bocado me doy cuenta de que tengo un hambre atroz, y como mucho más. Después hacemos tortillas, y de postre me como una pera. Clara no deja de hablar de todo tipo de temas muy variados para que me distraigo, y te juro que lo intento. Cuando ya lo hemos recogido todo, me propone salir. Acepto.

Deambulamos por la ciudad, donde cada día la noche cae antes. Hablamos de todo y de nada. Hoy es mi día de contar penas, y ella me demuestra por qué es mi confidente: sabe escuchar. Me mira con toda la atención del mundo y está pendiente de cada palabra, y cada gesto, y no me interrumpe nunca.
-Además-digo, cambiando de tema-. Óscar pasa de mí. No creo que quiera estar conmigo, pero me gusta...
-Pasa de él, chica.
-No puedo. Cada vez que lo veo noto que se me para el corazón, y que luego bombea la sangre con mucha más fuerza...
-¿No te vas a desenamorar?
-No creo... Vaya asco...
-Bueno, un clavo quita otro clavo.
-Puede ser, pero tengo que encontrarlo... De todos modos, seguiré intentándolo... Ya que pasa de mí, no puedo perder nada.
-Cierto es.

Al llegar a su casa, me quito la ropa y me quedo en paños menores. Nos tumbamos tapadas con sus mantas, y hablamos un rato, aunque hacia las dos le pido que durmamos porque estoy agotada.
***********************************************************************************

Cuando llego a casa no hay nadie. Está todo muy vacío sin mamá. Muchos muebles han desaparecido, y las estanterías están más vacías, como los armarios y los cajones.

Vacía, casi tanto como me siento yo.

Cuando me llaman mis padres no hacen muchas preguntas. Al menos parece que se hacen un poco a la idea de lo que estoy pasando. Menos mal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario