martes, 31 de julio de 2012

Capítulo 3-Perspectivas verdes

Breed, de Nirvana, suena al mayor volumen posible. Me voy acercando al instituto, sin dejar de pensar en todos los cambios que he experimentado desde primeros de noviembre.

La separación de papá y mamá. Eso es lo más chocante. El día que volví de casa de Clara, aún vivía en casa. Se fue llevando sus cosas. Parecía que lo llevaba bien, pero el día en el que metió lo último en una caja atestada de cacharros varios, la vi llorar, vuelta hacia la ventana, hacia la tarde gris que hacía, con un cigarro en la mano. Sin encender. Sólo estaba entre sus dedos, pero no lo encendió. Vi que lo guardaba en una caja de mi tabaco, y entonces le dije que, si quería, podía fumar. Ella me sonrío y me dijo que no, y prometo que jamás he visto una sonrisa más triste que aquella.

La tarde siguiente mamá se fue. Cerró la puerta tras de sí, y esa fue la última vez que estuvo en casa. Me acuerdo de que llevaba su pelo rubio rizado recogido en una cola alta, y algún mechón le caía en la cara. Iba con botas de tacón, medias gruesas y un abrigo gris. Me quedé dentro, y esperé hasta que llegó papá. Cuando entró en casa ya eran las ocho, y ya estaba oscuro. Yo tenía la cena recién hecha, sopa de pasta gruesa y carne con salsa de tomate. No sé por qué, en cuanto se fue mamá me dio por cocinar dos platos que ella me había enseñado a hacer. Y ahí estaba la cena, sobre la mesa puesta. Papá dijo "Hola" y después me miró. Yo le sonreí.
-Hola, papá-fui a darle un beso, y me pareció que se le caía el alma al verme sólo a mí. Todo había cambiado irremediablemente. Tardó un poco en salir de su cuarto, ya con el pijama puesto, y cenamos juntos, al principio en silencio y después hablando sobre el día que habíamos pasado. Y casi pude creerme que era lo normal, lo que había vivido siempre. Hasta que escuché a papá llorar por la noche. Yo no podía dormir, eran las tres, y salí a la cocina a beber agua. Entonces escuché sus gemidos y lamentos. Nunca le había escuchado llorar. En ese momento se me quebró el alma.

Cuando entré en la nueva casa de mamá por primera vez, me sentí extraña. Era un edificio antiguo. En el tercer piso habían dos puertas, la primera era la de mamá. La casa es acogedora, con las paredes pintadas de colores cálidos. El mobiliario era de madera clara en su mayoría, y todo estaba ordenado y limpio. Me miré en el espejo del baño. Abrí la nevera para ver qué había dentro (¿me lo parece a mí o cada nevera huele diferente?). Me asomé al balcón de la habitación de mamá. Encendí la tele para ver qué daban. Y después entré a mi habitación. Las paredes magenta, el suelo de madera clara y los muebles blancos. Una gran ventana. Luces por doquier. Un escritorio inmaculado, un armario por llenar, estanterías que reclamaban el peso de mis libros sobre sus baldas y una cama-nido, con un colchón muy cómodo. Parsimoniosamente, deshice mis maletas, donde llevaba algunas cosas de casa. Colgué mis pantalones y mis abrigos y chaquetas de las perchas que habían en los armarios. También un vestido negro que no creo que me ponga nunca, pero que es precioso. Las faldas, las camisetas y los jerséis los doblé y los puse en las baldas. Llené las estanterías con libros y marcos de fotos. Puse un altavoz junto al ordenador portátil, sobre el escritorio. Un osito de peluche que tengo desde que era un bebé junto a la almohada, y dos cojines. Cuando lo hube desempaquetado todo, lo vi. Junto a la ventana, sobre el escritorio, reposaba un cenicero con una nota de mamña: "Eres tú decide quién eres". Sonreí al ver la nota y fue lo primero que colgué en el corcho.

Esa vez, en casa de mamá, sabía que empezaba de cero, pero sentía como si siempre hubiera estado en aquella casa. Y me hizo mi cena favorita: canelones de carne, y de postre tarta de manzana.

También se ha sucedido que Clara y Álex empezaran a salir. Desde entonces, veo menos a Clara. Que lo entiendo, por supuesto. Lo comprendo, claro. Alguien importante entra en tu vida y tú pasas tiempo con él porque le quieres. Es totalmente humano. Pero es que yo la veo menos, y le echo un poco de menos. Pero ella es feliz, lo sé, lo veo en su mirada de felicidad y su sonrisa bobalicona, así que no hay nada por lo que preocuparse.

Tuve los exámenes y me fueron bastante bien. Después de tantas horas en la biblioteca, no me extraña que sacara esas notas de examen. De hecho, ahora mismo es la última vez que voy al instituto este taño, porque voy a recoger las notas.

Ahora suena War Pigs, de Black Sabbath. Camino hacia una multitud que se va aglomerando en las puertas del instituto, y entonces veo una melena rubia despeinada y unas gafas. El modo desgarbado de andar hace que sienta un vuelco en el corazón. Óscar.

Hemos ido hablando. Ahora podría decir que ya puedo tener una conversación más o menos normal (sobre temas tan interesantes como literatura, arte y el bosón de Higgs, aunque esto último me dé lo mismo). Llamo conversación normal a dialogar durante más de quince segundos. La última vez estuvimos hablando dos minutos seguidos, creo que es el récord. Lo sé, lo sé, es patético pero ¿qué más puedo hacer si se cierra? Por mucho que me guste no puedo sonsacarle cosas como su opinión sobre Noah Gordon si él no quiere dármela. Pienso en tocarle del hombro para desearle una feliz Navidad, pero entonces lo engulle el montón de gente. Suspiro, y entonces empieza a sonar Restless Heart Syndrome, de Green Day. Para no acabar de deprimirme paso de canción y Holiday empieza a rebajar las ganas de llorar que pudiera tener, porque quizás no vea a Óscar hasta el año que viene.

Sí, tengo la regla. Este melodramatismo es normal.

Por suerte las notas me animan. Tengo una media un pelín superior a ocho. Sonrío. Menos mal que estaban mis calificaciones para alegrarme, porque parece que todo el mundo está emparejado excepto yo. A medida que me iba acercando a clase habían más parejas besándose. Ojalá pudiera atornillarme yo a la boca de... En fin. No quiero pensarlo, ni eso ni en los besos. Creo que ya no me acuerdo de cómo besaba yo. Qué triste.

Al salir veo que Clara está hablando con unas chicas muy, muy pijas y esnobs. Se ríen, aunque podría asegurar que la carcajada de mi amiga es real. Bueno, como va a otra clase se junta con otra gente, es normal, pero espero que no se le peguen los modales altivos de esas pavas. Parece que van vestidas a conjunto: con la misma cazadora vaqueta, la misma camiseta escotada pero en colores distintos y medias y shorts. Y todo es de marca, todo. Salta a la vista. Luego observo a Clara, con unos tejanos, un jersey rosa fucsia y una bufanda larguísima de colores, y el pelo cayéndole en la espalda y los hombros, desparramado. Canta más que un Sinsajo, o que un ruiseñor. Entonces me ve y me saluda vagamente con la mano. Me hace un gesto para que vaya tirando. Cuando estoy a punto de salir, Clara me alcanza.





-Hola, ¿qué tal?
-¡Muy bien! ¡Mira mis notas!-tiene una media un poco más alta que la mía. La congratulo y procede a explicarme qué hará estas Navidades. La interrumpo:
-Vamos, que te vas a hartar a quedar con Álex y con esas estiradas... Por cierto, ¿qué hacías con ellas? Parecen clones.
-No son unas estiradas. Una vez las conoces son muy simpáticas. Nos iremos de rebajas juntas... Pero cuando vuelvas también iré contigo, eh.
-Más te vale. No te dejes mangonear-le aviso.
-Paranoica... Son muy majas, llevo ya un tiempo con ellas y son muy buenas conmigo.
-Bueno. Mientras no te conjuntes con ellas, tu dignidad estará a salvo. Por cierto, ahí está Álex.
-¡Álex!-se le ilumina la cara de golpe, y sé que está deseando correr y echarse en sus brazos.
-Bueno, Clara, nos llamamos. Que tengas unas muy felices fiestas.
-Adiós, Maya, y feliz Navidad-dice, y se teletransporta a los morros del chico. Sonrío tristemente, y me voy en camino a casa de mamá. Enchufo mis auriculares en mis orejas y dejo que Haushinka me haga sonreír con cada sonido. Aún así, voy pensando en el amor, y en mí misma. La última vez que besé a un chico fue hace dos años, y ni siquiera tenía claro que me gustara. Era algo extraño, nunca llegamos a salir, y un día nos besamos por última vez y se acabó. No lo acordamos, no dijimos nada, pero así fue.

Óscar... ¿Por qué no podría sentir lo que no sentí aquella vez rozándote los labios?
******************************************************************************************
Hoy es nueve de enero. Pasé Navidad con mamá y nuestra familia en el pueblo, y el Año Nuevo con papá y la parentela correspondiente. Le regalé a papá un elepé antiguo de Joy Division y a mamá un abalorio para su pulsera de plata, y recibí dinero, libros y unas sales de baño de mi padre y más libros, más dinero y ropa de mi madre. Fueron unas fiestas diferentes, pero fiestas, al fin y al cabo. Las primeras.

Mañana se reanudan las clases. Ayer estuve con Clara y bueno... El cambio es evidente. Ahora va con más ropa de marca, viste de manera más provocativa, se maquilla más... La influencia de esas chicas. Incluso quiso hacerme comprar una ropa muy pija y muy poco como yo. Ella argumenta que se siente más cómoda. En fin, su carácter sigue siendo el mismo.

Recibí un mensaje de Año Nuevo de Óscar, en el que decía que nos veríamos en el instituto y que lo pasa bien conmigo. Esas palabras fueron como un billete hacia la Luna. Contesté de manera cortés pero cariñosa. Tardé un cuarto de hora en escoger las palabras y decidir si enviarlo o no (se me acababa de ir la regla y aún estaba sensiblera).

Quizás este año promete más de lo que podía parecer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario