domingo, 30 de septiembre de 2012

Capítulo 13-Intervalos felices

Esto de salir con Lucas me ha sentado como un chute de adrenalina, energía y felicidad inacabables. Rindo mucho más en el colegio, estoy mejor en casa y no puedo parar de sonreír. Incluso la ansiedad por dejar el tabaco se reduce, y hay días en los que ni siquiera enciendo un cigarro. Me siento feliz, feliz, feliz, tanto que ni me molesto en pensar en Clara o en Ana. Estoy contenta como no lo he estado en mucho tiempo, y eso me hace ser más alegre y, en fin, es un ciclo de alegría interminable.

-No dejas de sonreír. ¿Te ha tocado la lotería o algo?-me dice Eric, que parece curioso ante tanta sonrisa mía.
-No... Bueno, no. Sabes... ¿Te acuerdas del chico que estaba en la puerta de casa el otro día?
-Sí-dijo. Suspiré.
-Bueno, pues el caso es que me lleva gustando desde hace... Desde hace bastante-dije. Carraspeé-. Y ahora, por fin... Estamos juntos y... estoy muy... contenta-acabé, notando que las mejillas me ardían-. Oye, no quiero seguir hablando de chicos contigo, que es muy extraño-me río, y le doy un puñetazo suave en el hombro. Él sonríe.
-Sí, será mejor que sí. Oye, ¿quieres ir al cine un día de estos?
-¿Qué? Sí, claro, por supuesto. Pero ahora tengo menos tiempo, ya sabes, entre las clases de canto y Lucas...
-Ya. Bueno, llámame esta tarde y concretamos.
-Claro.

Como no tengo deberes, me paso toda la tarde en el café, hablando con Lara. Hoy sale antes, así que nos vamos a pasear y acabamos subidas en un sauce en el parque, junto al lago. Le cuento la buena nueva, y ella la acoge festejando mucho, y aplaudiendo, y riendo y dándome achuchones. Le pregunto por sus cosas y me explica que está empezando a dar clases particulares de matemáticas, física y química y francés.
-¿No vas un poco estresada?
-No. Estos días trabajo menos, porque como no hay vacaciones hay menos clientes, entonces tengo tiempo para las clases y para estudiar.
-Igual te pido ayuda.
-Para ti sería gratis-dice, sonriéndome.
-¡Ah, no! ¡Necesitas ese dinero!
-Qué más da...-dice, con una risita, y después suspira.
-Eh, eh, eh... Eso de suspirar es totalmente nuevo-digo, arqueando una ceja con precisión. Ella sonríe y suspira otra vez.
-Creo que me estoy enamorando.



Obviamente, le hago una batería de preguntas: quién es, cómo es, desde cuándo, cómo es que estás enamorada, quieres salir con él, él te quiere a ti, etcétera etcétera.

-No, no. A ver... No creo que le guste. Es que es muy simpático y siento que con él me entiendo a la perfección... Y además, es muy guapo, y...-descubro que se llama Gabriel, que es de la edad de Lara y que se conocen desde siempre, y más cosas que no necesito saber pero que estoy encantada de que ella las comparta conmigo. Cuando acaba de relatar todas las exquisiteces de este chico, suspira y se deja caer por la corteza, llenándose el pelo de trozos de árbol. Yo salto tras ella y vamos caminando hacia su casa. Nos despedimos y, mientras vuelvo a casa de mamá, llamo a Eric.

-¿Sí?
-Hola-digo, alegremente.
-¡Hola!-dice él. No sé por qué, intuyo que sonríe. Quizás por el tono de su voz.
-¿Cómo estás?
-Bien, bien, claro. ¿Y tú?
-Yo muy bien. Oye, sobre lo del cine, ¿cuándo quieres que...?
-A mí, en principio, me viene bien el viernes.
-El viernes es lo del "fiestorro" ese-digo, ironizando. El viernes se ha organizado la Fiesta de Primavera del colegio. Es de noche, en el gimnasio, y se supone que TODOS tenemos que ir. Estoy pensando con qué falsa enfermedad me voy a excusar.
-¿Quieres ir?
-¡No!-me río-. Al cine sí, pero al instituto no.
-Ya, bueno... No sé si sabes una cosa que me ha dicho el profesor de música.
-¿Qué?
-Evaluará a la gente en un karaoke que habrá y...
-¿Y?-digo, intrigada. Me llevo muy bien con el profesor de música, y está claro que su asignatura es mi preferida.
-Y está preparando un concierto con la Escuela de Música para la Fiesta Mayor, y escogerá al mejor para que cante delante de todo el barrio-suelta.
-¿¡Que QUÉ?!-grito. Después me disculpo por reventarle el tímpano-. Qué dices...
-Sí.
-Pues mierda. Tendré que ir-pienso-. Mira, hacemos una cosa: vamos a comer y a la primera sesión del cine, salimos a las cinco y cada uno a su casa, porque yo me tengo que preparar, y supongo que ya nos veremos allí.
-Está bien. Nos vemos mañana.
-Adiós-me despido.
-Adiós.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Capítulo 12-"Ra-Ra-Rasputin"

Estoy de mal humor. Todo el mundo me besa y nadie me da explicaciones. Llevo ya unos días dándole vueltas a lo de Ana. No creo que me vaya a decir nada, ni a aclararme el por qué de lo de que me besara. Es muy extraño. Es como si un chico que no te gusta te besara, quiero decir, un chico que no te atrae. Es curioso. No despertó en mí ninguna emoción que no fuera la incredulidad y la sorpresa. No sé cómo explicármelo, todo está en la mente de Ana, o ni siquiera eso.

Y Lucas... Hay mucho que comentar. Le dije lo de mi edad. Es que no creía que estuviera bien, aunque deseara ese beso con todas mis fuerzas. Y fue tan rápido, y tan confuso... Quince años. Nos llevamos doce, es muchísimo tiempo, más en mi vida, ya que sólo soy una niña. ¿A qué he estado jugando? ¿A flirtear con un HOMBRE, cuando ni siquiera tengo claro cómo administrar mi paga semanal (¿libros y CDs o ropa? Necesito comprar algo que ponerme porque ya mismo iré de manga corta, pero es que la literatura y la música me chiflan, y necesito expandir horizontes). Me siento más niña y más estúpida que nunca. ¿Qué me esperaba, que viniera a mí, tener una relación seria con él, pasear largas tardes a lo largo del río mientras se hace de noche, compartir cafés, ir a comer juntos, abrazarnos, caminar cogidos de la mano...? Por Dios. Soy un bebé idiotizado por los encantos de un tío bueno, inteligente y simpático. No sé qué me creo. No sé que me creía.

Pero es que me besó. Iba en mi búsqueda para besarme. Siente algo por mí.

¿Y lo he echado todo a perder? Probablemente. Soy imbécil. Él tiene VEINTISIETE años. Ah, no, veintiocho, que los cumplió hace poco. Es tanto tiempo... Y yo con una esperanza que no me atrevía a admitir, pensando exactamente eso, que él quizás podría quererme, aunque fuera sólo un poquito. Por una parte, me siento feliz y con renovada confianza en mí misma. Lucas siempre pone el listón alto respecto a las mujeres, así que quizás por eso me siento... No sé. Me miro al espejo y me creo que soy un poco más guapa. Lo malo es la otra parte, que sabe que tengo quince años, y que probablemente piensa que es un pederasta, y estará golpeándose la cabeza contra una pared cualquiera. Ojalá pudiera decirle que no. Si yo le gusto, o le gustaba sin saber mi edad, no sé por qué tendría que cambiar ahora que sí la sabe. Los sentimientos deberían ser los mismos.

No dejo de pensarlo. En la última clase del día, presto atención, aunque de fondo sigue el mismo rumor de <<¿Por qué no le gustas? La has cagado. Eres tonta. Olvídate de él. Ya no hay nada que hacer. Pero, ¿por qué no ibas a gustarle? Al fin y al cabo, te besó... Y cada vez que lo recuerdas se te ponen los pelos de punta, y sientes que podrías levitar, justo como ahora. Eres tonta, chica>>. Y es curioso, porque mientras tanto estoy escuchando todos los detalles sobre los zares rusos, entonces mis pensamientos se mezclan con nombres como "dinastía Romanov" y "Rasputín", y mi cerebro canta mentalmente: "Ra-Ra-Rasputin, Russia's greatest love machine...". Me plantearía el ingreso en un psiquiatra si estuviera de humor, pero no lo estoy. Lo único que me alegra un poco es la perspectiva de poder hablar un poco con Eric de camino a casa y desconectar durante cinco minutillos, aunque conociéndome, no seré capaz.

Cuando recojo mis cosas y las meto en la mochila, sigo con el mismo pensamiento. Es como si alguien le hubiera dado al modo "Repetir" y no fuera a pulsar el "Aleatorio" jamás.



-Hola.
-Menos mal que por fin te veo. No puedo más, me va a explotar la cabeza.
-Te queda bien el vestido.
-Gracias. Y a ti la camisa-camisa. Como Lucas.
-¿Se ha arreglado ya algo con Ana?
-Buf, no. Todo sigue igual. No me dice ni media.
-Pregúntaselo tú.
-Otro día, hoy no estoy de buen café.
-Vaya... ¿Sabes qué?
-Dime.
-Me he comprado un libro de física y química, sobre la teoría de la relatividad de Einstein. Es muy interesante.
-Oh. Supongo que vendrá con un laboratorio casero incorporado: haga su bomba nuclear usted mismo-él se ríe, y procede a explicarme cosas sobre la física que, lo siento mucho, no me interesan demasiado. Ra-Ra-Rasputin... Sus incursiones en los confines de la masa por la velocidad de la luz al cuadrado no logran despegarme de mis deprimentes y obsesivos pensamientos. <<¿Por qué no me quiere? Si le gustaba, debería gustarle también ahora...>>, etcétera etcétera.

Cuando llegamos a la puerta de casa de papá, Lucas está ahí, muy serio, esperándome. Noto que me pongo roja hasta las orejas. Boney M cesa por un momento en mi cabeza, y sólo puedo pensar: <<¡ESTÁ AQUÍ!>>. No sé qué cara de pánfila debo estar poniendo, pero noto que me arden las orejas, así que debo estar ruborizada hasta el cuero cabelludo. Eric también ve a Lucas, por lo que no es una imaginación mía.
-Eh, Maya...-yo estoy demasiado ocupada como para dejar de mirar a Lucas con los ojos abiertos como platos-. Maya, me voy. Ya nos veremos mañana, en el instituto.
-Sí, eh...-musito, levantando levemente la mano para despedirme. Eric se aleja a toda prisa, y yo intento guardar la compostura. Me echo una ojeada en una ventana impoluta que da a la calle y, al parecer, no estoy sonrojada, es sólo la sensación. Me pongo muy digna y estiro la espalda lo máximo que la mochila cargada de libros me permite. Me aparto el flequillo de la cara. Lo tengo demasiado largo, iré a cortármelo en cuanto pueda,. y también variaré la longitud del resto del cabello-. Hola. ¿Qué haces aquí?-por dentro, estoy loca de contenta de que haya venido, pero no dejo de pensar en cómo me he sentido, y me enfado un poco.
-Eh, venía a dirculparme.
-¿Por qué? ¿Por estar dándome esperanzas durante casi medio año o por dejarme tirada en la calle sin dar explicaciones, como si fuera un monstruo?-no me reprimo y lo digo todo de tirada, con pose de princesa ofendida.
-Lo siento mucho, Maya, lo siento mucho. Todo-me obliga a mirarle a los ojos y me toma de las manos-. Maya, te quiero. Me da igual si tienes quince, veinte, treinta y cinco o setenta años, te quiero, y punto. Siento mucho haberme comportado así, pero es que, por favor, comprende que...
-Que nos llevamos más de doce años y que te sientes un pedófilo. No pasa nada. No sabías mi edad. Lo siento-me congracio con él.
-Perfecto-dice, con una sonrisa impresionante-. Entonces, esto es que...-no espero a que acabe. Me pongo de puntillas y lo abrazo por el cuello. Inmediatamente, él me rodea por la cintura y me aprieta contra su cuerpo, y yo siento como si hubiera un concierto bajo mi piel. Nos besamos durante un buen rato, y debo decir que lo hace muy, muy, muy bien. Cuando dejamos de besarnos (ya me dolía la mandíbula y estaba cansada de estar tanto rato de puntillas), digo:
-¿Y entonces, qué?
-Quiero estar contigo-lo dice de una manera tan firme que tengo que apoyarme muy disimuladamente en la puerta para no caerme, porque siento que la tierra se mueve bajo mis pies.
-Entonces ya está todo dicho-él asiente, sonriendo, se inclina hacia mí y me da un beso suave y corto en los labios.
-Hasta la próxima-yo le sonrío y consigo meter la llave en la cerradura del portal. Entro en casa: aún no ha llegado papá. Siento que estoy a un palmo del suelo, y que la cara de boba que llevo no se me quita ni a bofetadas. Corro hacia mi cuarto y observo, una vez más, la foto.

Creo que a partir de ahora tengo una fuente de felicidad y polvos de hada para hartarme.

No me hartaré.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Capítulo 11-Sigo tu camino

-Sí. No entiendo nada de nada. La suerte es que ahora tengo tiempo libre... O más bien es una desgracia. Tengo tiempo para todo, es decir, para comerme el tarro con lo imbécil que se ha vuelto Clara, lo que me gusta Lucas y las pocas posibilidades que tengo con él, lo de Ana y su no-heterosexualidad y, por supuesto, lo que piensa Eric respecto al tabaco. No sé qué es lo que me cuesta más procesar.
-Bueno, lo cierto es que parece que te pasa todo a la vez. Clara no debería contar para nada, después de todo lo que...
-Ya, pero eso es lo que hace que sí me importe, muy a mi pesar: que ahora estamos en ese "después de todo", o sea, lo que ha pasado hasta ahora ha sido algo importante para mí, y...
-Oye. Basta ya. Estás de vacaciones, ¡relájate! Ya lo has dicho: tienes tiempo para pensar... Y para olvidarte de todo. Borrón y cuenta nueva. Lo que de verdad me deja anonadada es lo de la tal Ana...
-¿Sí? Pues me ha llamado hace un rato, y no lo he cogido. Total, ¿para qué?
-¿Para que te expliqué por qué pasó, por ejemplo?-suspiro, exasperada, y cambio de tema.
-¿Cómo fue lo de matemáticas?
-He quedado segunda-dice, con una sonrisa. Le doy un abrazo de oso: me alegro muchísimo por ella, y me la como a besos repitiendo "felicidades" un millón de veces y media-. Bueno, buena, ya vale, pegajosa-dice, entre risas-. La verdad es que estoy muy contenta... No es mucho dinero, pero ayuda bastante. Lo estamos guardando para los libros de texto del año siguiente...
-Oye, Lara-le digo, en voz baja, porque temo tocar un tema delicado-. ¿No es difícil para ti esto?
-¿Esto? ¿El qué?
-Esto. Trabajar para vivir.
-Bueno, tarde o temprano tengo que empezar, ¿no?
-Sí, pero... Tenemos la misma edad, y me parece que vivimos en galaxias diferentes. Mis problemas parecen nimios al lado de los tuyos.
-No tengo ningún problema, de verdad. Trabajo para ayudar a mi familia, y por mí: tengo que ir a la Universidad. Además, ya sabes que estudio tanto para conseguir becas y que sea más sencillo...
-Lara... En mi familia tampoco vamos súper sobrados de pasta, pero siempre que...
-No, Maya. No acepto limosnas. Vivo con lo que consigo yo misma y, aunque tengo que invertir tanto tiempo y esforzarme tanto, al final del día, un segundo antes de dormirme, me da una sensación de orgullo y felicidad que no puedo comparar con nada. ¡Estoy bien con lo que hago! Me gusta, porque me dice que me sirvo por mí misma, que puedo ser autosuficiente, y además ayudo a mi familia... ¿Te crees que yo tengo muchos amigos? ¡No, claro que no! Trabajo y estudio mucho, apenas tengo tiempo para salir por ahí, así que la gente se acaba alejando... Lo que es comprensible: ¿quién quiere a alguien que nunca puede estar? Nadie, por supuesto. A veces creo que es mejor, porque puedo concentrarme más en mis ocupaciones, al fin y al cabo, esto es por el futuro... Y no hay casi nada que me importe más que eso. Pero muchas veces, cuando tengo un minuto libre, pienso en lo sola que me siento y que me he sentido, y que todo lo que hago en realidad es egoísta... Y lloro, pero durante poco tiempo, porque al cabo de cinco minutos empieza mi turno en el café...-sonríe tristemente. Yo estoy muy afectada por lo que me acaba de decir, y más bien triste. La vuelvo a abrazar.
-Lo siento, lo siento tanto... Siempre podrás contar conmigo, te lo prometo, eres una amiga buenísima. Yo tengo tiempo para verte y estar contigo, y te juro que procuro hacerlo lo más a menudo posible... Puedes contarme lo que quieras, siempre seré tu amiga, de verdad, estoy más segura al decir esto de lo que he estado jamás...-digo, de un tirón. Ella me sonríe de nuevo.
-Gracias. Eres un cielo, una amiga maravillosa. No sabes cuánto me gustan estos ratos contigo, es el momento en el que puedo escaparme de lo que vivo... Y también me hace igual, o más feliz incluso.

Nos abrazamos durante un buen rato, y al llegar a la entrada de la cafetería nos despedimos: hoy no puedo quedarme, tengo que ir con mamá a comprar ropa de cara al buen tiempo. Aún así, compro un café para llevar y voy bebiéndomelo a medida que ando. Estoy intentando intercambiar la nicotina por la cafeína. Me lo dijo Eric.

-Eres muy fuerte, Maya. ¿De verdad no puedes seguir adelante sin el tabaco? Siempre pensaba que tenías más fuerza de voluntad. ¿Es necesario que fumes?

Le he estado dando vueltas, y la verdad es que estaba tan acostumbrada a mis tres cigarros diarios que ya ni me lo planteaba cuando fumaba. Más bien, debería decirlo en presente, porque aún fumo, pero sólo uno al día. En cuanto tengo ganas, me bebo un café y me calmo un poco. El único cigarro que queda es el de después de comer, y aún me lo pienso muchísimo. La verdad es que el planteamiento de Eric me hace pensar mucho en este tiempo que llevo fumando. ¿Para qué?

Justo giro una esquina y me choco con Lucas. Por la cara que lleva y los jadeos, iba corriendo. Lleva puesta su clásica camisa blanca y unos tejanos, muy favorecedor.
-¿Dónde ibas tan corriendo?-le digo, sonriéndole lo más cálidamente que puedo.
-A buscarte. Maya, Maya...-dice, mientras intenta recuperar la respiración. Apoya una mano en la pared que hay al lado, pero inmediatamente la pone sobre mi hombre, ejerciendo una ligera presión que hace que se me erice el vello. Pienso en la última vez que nos vimos, apenas hará dos días. Me besó en los labios al despedirnos. Fue corto y rápido, lo más probable es que calculara mal y me diera en los labios en vez de en la mejilla, pero... ¿Y si no? Sigo con mis dudas-. Maya...
-Tranquilo, toma aire, calma-mientras respira me pongo a contarle que estoy rompiendo con el mal hábito de fumar. Al final sí que lo dejaré, pienso. Igual no engroso la mortalidad temprana, como dijo mi profesora de sociales a principio de curso-. ¿Ya estás mejor?
Él toma aire, y me mira. Nos sonreímos, y empieza a hablar.
-No sé cómo lo has hecho, pero no puedo dejar de mirar esa fotografía. Ni la foto ni de mirarte a ti cada vez que estás cerca-me acaricia la cara y yo, sin darme cuenta, poso la mano sobre sus costillas-. Tienes unos ojos preciosos, una voz preciosa y... Toda tú eres preciosa. Podrías insultarme todo lo que quisieras, pero yo...



-¿Tú?-inquiero, sonriendo. Estoy empezando a ponerme nerviosa (pero nerviosa en plan agradable) con tanto halago. Observo su cara, y entonces se inclina hacia mí, y cuando me doy cuenta está a punto de besarme. Nuestros labios se rozan, y un chispazo eléctrico recorre mi columna vertebral. Se me ponen los pelos de punta. Se separa un momento, y vuelve a acercarse. Está vez me besa de una manera más directa, hunde sus labios en los míos y nuestros dientes chocan, entonces yo me aparto. Me toco los labios y me miro los dedos. Se me están llenando los ojos de lágrimas, aún habiendo sentido ese remolino de pensamientos, que todos eran "nada", y ese cosquilleo por debajo de la piel, y le miro con todo el dolor de saber que acabo de probar algo prohibido, algo que no me pertenece.
-¿Qué...?-empieza él.
-Tengo quince años, ¡tengo quince años!-digo, gritando en voz baja. Me mira, sorprendidísimo, y retrocede unos cuantos pasos-. Lucas-digo, tratando de asirle por el brazo, pero no puedo ni moverme, y me quedo con esa cara de masacre y de querer y no poder llorar. Él niega con la cabeza muy sutilmente y sigue alejándose. Cierro los ojos y hundo la cara entre las manos, medio volviéndome. Justo antes de empezar a llorar, veo entre las rendijas de los dedos cómo echa a correr para irse. Para huir.

Como si me dieran una paliza.

Acabo de sentir lo que llevaba tiempo esperando, y resulta ser el peor de los golpes.

martes, 11 de septiembre de 2012

Capítulo 10-Incredulidad


-Quevedo, Helena-se levanta la susodicha y recoge el sobre-. Robles, Maya.

Con paso ligero, encamino mis Converse hacia el encerado, recorriendo toda la clase, porque me siento al fondo. El tutor me da un sobre blanco con mi nombre escrito en una etiqueta. Vuelvo sobre mis pasos y me siento, esperando a que lleguen a Yelmo, Pau, para poner pies en polvorosa y salir de este antro-el instituto-lo antes posible. Las vacaciones de Semana Santa son un regalo caído del Cielo (perdón por el chiste fácil), y creo que es en lo único por lo que estoy agradecida a la religión católica. Diez días de dispersión mientras la primavera te arrolla. Diez días lejos de los quasi-analfabetos compañeros de instituto. Resoplo lo más discretamente que puedo. Me siento como un tigre encerrado en una jaula. Mientras tanto, abro el sobre y leo mis notas. Calculo la media: 8'75. ¡ROZO el sobresaliente! Voy sonriendo como una boba por los pasillos, mientras me pongo la cazadora de cuero sintético y me cruzo el bolso. Entonces me encuentro con Ana, y esta vez, sí que resoplo y pongo los ojos en blanco visiblemente.
-Eh, Maya.
-Qué-digo, sin pararme.
-Ven, por favor-¿por favor? ¿Sabe que esas dos palabras existen? Me acerco, está medio escondida en el hueco de la puerta del lavabo.
-Qué-digo, cruzándome de brazos y una vez dentro. Observo su pelo trenzado y la ropa de marca: es como una Barbie pero con menos tetas, aunque sus pechos sobrepasan el tamaño de su cerebro.
-Oye, Maya, no sé cómo decírtelo. Hace ya tiempo que... Me he dado cuenta de que no soy como las demás-no, eres más idiota, pienso, pero me callo. No voy a dejar que ésta me amargue el día de buenas notas, pero sigue hablando sobre que ha notados cambios en sí misma.
-Vale. ¿A qué viene todo esto?-me empiezo a impacientar. Entonces ella toma aire, me mira, se me acerca y...
Y.
¡Y ME BESA!
¡ME BESA!
¡CAMBIOS!
¡ES LESBIANA!
¡Y ME ESTÁ BESANDO!
¿¡POR QUÉ A MÍ?!
Pienso todo esto escandalizada mientras me separo, ojiplática. Me la quedo mirando, alucinando, e intento procesar lo que ha pasado.



A ver.
Ana se ha dado cuenta de que no es hetero, y me ha besado porque... ¿Porque le gusto? Bueno, entonces, ¿por qué ha estado metiéndose conmigo durante tanto tiempo? ¿Qué clase de desajuste mental tiene?

-Eh...-digo, aún sorprendida.
-Lo siento. Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento-dice ella, tapándose la boca con las manos.
-Pero ¿qué...?
-Tenía que hacerlo. ¡Lo siento!-dice, con los ojos lagrimeando. Entonces sale corriendo del baño. Mientras me recompongo, empiezo a andar. No me creo lo que ha pasado. ¿Por qué? Recapitulo los hechos. Sigo sin creérmelo. Después de meses intentando hacerme quedar mal, se da cuenta de que es lesbiana y me besa. No, no. No cuadra. Otro enfoque: se da cuenta de que es lesbiana, supongamos que se da cuenta de que le gusto, entonces... Entonces se dedica a tratar de reirse de mí, para... ¿Para? ¿Para que nadie note que lo es? ¿Para ocultárselo a sí misma? ¿Para estar entretenida haciendo algo relacionado conmigo? Mi cerebro es un hervidero de hipótesis. Decido dejar de darle vueltas: si alguien tiene que pensar algo al respecto, esa es Ana.

-Maya-me alcanza Eric.
-¡Hola!-le digo de muy buen humor-¡Ocho como setenta y cinco! ¡Ocho con setenta y cinco!
-Felicidades-me abraza, aunque parece pendiente de otras cosas-. Yo tengo media de ocho como doce. Eh... ¿Maya?
-Dime.
-¿Ana te ha...?
-¿Qué?-digo demasiado rápido. Respiro hondo: se me nota demasiado que transpiro nervios por todos los poros, y combinado con la alegría y exitación por las buenas notas no es un buen cóctel, porque empieza a atacarme una migraña amenazadora.
-Te ha besado-asiento. Él no dice nada más, sólo camina a mi lado.
-¿Te importa?-digo, mientras enciendo un cigarro. Estoy tan alucinada que necesito fumar, me da igual quién me vea.
-En realidad...-empieza a decir. Entonces pasamos por delante del grupo de Clara y sus nuevas amigas.
-¡Eh, fumeta!-me grita Clara. Yo echo el humo formando un gran vaho y sigo andando-. ¿Cuánto te queda para tu doctorado académido?
-Sí, ¿sobre qué será? ¿Las múltiples caras del mal gusto al vestir?-añade otra, que se cree muy ingeniosa.
-No-corto-. Tratará sobre cómo semejante exposición de piel en un día cualquiera de marzo es directamente proporcional a la escasez de neuronas-no lo pilla, pero Clara sí.
-Bah, sigue esforzándote en estudiar... Aunque no serías capaz de hacerlo sin el tabaco, ¿no?-la miro duramente mientras me mordisqueo el labio por el interior.
-Tú no serás capaz de rendir con tanta marihuana rondando por tu cerebro. Una vez me dijiste una curiosidad sobre el cannabis: actúa como si te atravesaran el cerebro con una vara de metal. Ahora que te veo, parece que es cierto-escupo. Ella mira a Eric con desdén, y sé que se prepara para contraatacar.
-Oye, dile a tu novia que...
-No le digo nada, primero porque no es mi novia-empieza Eric-, y después porque no obedezco órdenes, menos de una aspirante a candidata para la mansión Playboy-me río con todo mi alma ante la pulla que le acaba de lanzar. ¡No sabía que tenía esos golpes! Me seco una lagrimita imaginaria mientras veo que Clara se pone roja de cólera y, justo cuando va a soltar una ráfaga de insultos, Ana la toma del brazo.
-Ya basta.
-La próxima vez, amiga mía, piensa en mi facilidad para dejar las cosas en evidencia-le digo.
-No soy amiga tuya-masculla.
-No, es obvio que no-digo, mientras apago la colilla y la tiro a una papelera cercana. Eric y yo seguimos andando, alejándonos de la abochornada tribu de mini-furcias.
-Felicidades por tu nota, que no te lo había dicho-le digo a Eric, después de un rato en silencio.
-Qué va. Eres malvada-dice, refiriéndose al pequeño altercado.
-Gracias, guapo-coqueteo, con mi deje irónico habitual-. No es un piropo que me digan a menudo. Y, oye, vaya salida que has tenido, me has dejado impresionada-él se quita un sombrero imaginario-. Oye, ¿te veré en Semana Santa?
-Seguro. Mañana mismo paso por casa de tu padre a buscarte y nos vamos a dar una vuelta.
-Estupendo-le doy un beso en la mejilla, a modo de despedida.

Al llegar a casa, corro y abro el cajón de los calcetines. Saco el sobre y observo la foto que me dio Lucas el día del Gran Chasco con Óscar. Muchas veces pienso en cómo se besaba con su enamorada, y me entran ganas de llorar, pero intento olvidarme el máximo de tiempo posible. De hecho, ahora me estoy lamentando entre líneas. Cuando lo veo por los pasillos, lo evito. Ya no voy a la biblioteca. No le he mandado ningún mensaje ni hablado con él por Facebook, y él tampoco parece acordarse de mí, lo que es tristísimo. Seguramente está tan enamorado que ni siqueira repara en mi repentina desaparición en su vida.

Para olvidar esto, me pongo a pensar en lo de Ana, que, de todos modos, es algo igual de peliagudo. No me explico nada, no me explico su comportamiento ni puedo imaginar lo que piensa o siente. Evoco cómo me ha mirado cuando le ha dicho a Clara que parara en el encontronazo. Parecía abatida y cansada, aunque, por lo visto, quien me llamaba de todo ahora parecía dispuesta a defenderme o, si más no, a evitar que esas pelandruscas de sus amigas intentaran herirme.

También pienso en Clara, en todo lo que ha pasado en tan poco tiempo. Con la llegada del invierno también vino su inesperado cambio, y su frialdad hacia mí. Suspiro. La echo de menos, mucho. Nadie sabe los buenos ratos que he pasado con ella, siento que es algo incomparable e irremplazable... Y perdido. Entonces recuerdo las palabras de Lara, sobre que lo que en realidad añoro es el pasado, y me seco la pequeña lágrima que empezaba a resbalar por mi mejilla.

Observo de nuevo la foto que tengo entre manos, y me fijo, como ya he hecho muchas veces desde aquél lluvioso día de mierda, en todos los detalles. Y, sobretodo, no dejo de mirar a Lucas. Nos llevamos doce años y es innegable la maldita atracción que siento hacia él. Me gusta, demonios, me gusta muchísimo, y cada vez se me nota más.

Debo estar volviéndome loca porque me olvido hasta de mentir.

jueves, 6 de septiembre de 2012

-Pausa-

Estimados lectores:

Debido a un contratiempo, me veo obligada a aparcar esta historia por un tiempo. En cuanto pueda seguiré escribiendo, lo prometo.

Gracias por vuestra paciencia, y disculpad las molestias.