martes, 11 de septiembre de 2012

Capítulo 10-Incredulidad


-Quevedo, Helena-se levanta la susodicha y recoge el sobre-. Robles, Maya.

Con paso ligero, encamino mis Converse hacia el encerado, recorriendo toda la clase, porque me siento al fondo. El tutor me da un sobre blanco con mi nombre escrito en una etiqueta. Vuelvo sobre mis pasos y me siento, esperando a que lleguen a Yelmo, Pau, para poner pies en polvorosa y salir de este antro-el instituto-lo antes posible. Las vacaciones de Semana Santa son un regalo caído del Cielo (perdón por el chiste fácil), y creo que es en lo único por lo que estoy agradecida a la religión católica. Diez días de dispersión mientras la primavera te arrolla. Diez días lejos de los quasi-analfabetos compañeros de instituto. Resoplo lo más discretamente que puedo. Me siento como un tigre encerrado en una jaula. Mientras tanto, abro el sobre y leo mis notas. Calculo la media: 8'75. ¡ROZO el sobresaliente! Voy sonriendo como una boba por los pasillos, mientras me pongo la cazadora de cuero sintético y me cruzo el bolso. Entonces me encuentro con Ana, y esta vez, sí que resoplo y pongo los ojos en blanco visiblemente.
-Eh, Maya.
-Qué-digo, sin pararme.
-Ven, por favor-¿por favor? ¿Sabe que esas dos palabras existen? Me acerco, está medio escondida en el hueco de la puerta del lavabo.
-Qué-digo, cruzándome de brazos y una vez dentro. Observo su pelo trenzado y la ropa de marca: es como una Barbie pero con menos tetas, aunque sus pechos sobrepasan el tamaño de su cerebro.
-Oye, Maya, no sé cómo decírtelo. Hace ya tiempo que... Me he dado cuenta de que no soy como las demás-no, eres más idiota, pienso, pero me callo. No voy a dejar que ésta me amargue el día de buenas notas, pero sigue hablando sobre que ha notados cambios en sí misma.
-Vale. ¿A qué viene todo esto?-me empiezo a impacientar. Entonces ella toma aire, me mira, se me acerca y...
Y.
¡Y ME BESA!
¡ME BESA!
¡CAMBIOS!
¡ES LESBIANA!
¡Y ME ESTÁ BESANDO!
¿¡POR QUÉ A MÍ?!
Pienso todo esto escandalizada mientras me separo, ojiplática. Me la quedo mirando, alucinando, e intento procesar lo que ha pasado.



A ver.
Ana se ha dado cuenta de que no es hetero, y me ha besado porque... ¿Porque le gusto? Bueno, entonces, ¿por qué ha estado metiéndose conmigo durante tanto tiempo? ¿Qué clase de desajuste mental tiene?

-Eh...-digo, aún sorprendida.
-Lo siento. Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento-dice ella, tapándose la boca con las manos.
-Pero ¿qué...?
-Tenía que hacerlo. ¡Lo siento!-dice, con los ojos lagrimeando. Entonces sale corriendo del baño. Mientras me recompongo, empiezo a andar. No me creo lo que ha pasado. ¿Por qué? Recapitulo los hechos. Sigo sin creérmelo. Después de meses intentando hacerme quedar mal, se da cuenta de que es lesbiana y me besa. No, no. No cuadra. Otro enfoque: se da cuenta de que es lesbiana, supongamos que se da cuenta de que le gusto, entonces... Entonces se dedica a tratar de reirse de mí, para... ¿Para? ¿Para que nadie note que lo es? ¿Para ocultárselo a sí misma? ¿Para estar entretenida haciendo algo relacionado conmigo? Mi cerebro es un hervidero de hipótesis. Decido dejar de darle vueltas: si alguien tiene que pensar algo al respecto, esa es Ana.

-Maya-me alcanza Eric.
-¡Hola!-le digo de muy buen humor-¡Ocho como setenta y cinco! ¡Ocho con setenta y cinco!
-Felicidades-me abraza, aunque parece pendiente de otras cosas-. Yo tengo media de ocho como doce. Eh... ¿Maya?
-Dime.
-¿Ana te ha...?
-¿Qué?-digo demasiado rápido. Respiro hondo: se me nota demasiado que transpiro nervios por todos los poros, y combinado con la alegría y exitación por las buenas notas no es un buen cóctel, porque empieza a atacarme una migraña amenazadora.
-Te ha besado-asiento. Él no dice nada más, sólo camina a mi lado.
-¿Te importa?-digo, mientras enciendo un cigarro. Estoy tan alucinada que necesito fumar, me da igual quién me vea.
-En realidad...-empieza a decir. Entonces pasamos por delante del grupo de Clara y sus nuevas amigas.
-¡Eh, fumeta!-me grita Clara. Yo echo el humo formando un gran vaho y sigo andando-. ¿Cuánto te queda para tu doctorado académido?
-Sí, ¿sobre qué será? ¿Las múltiples caras del mal gusto al vestir?-añade otra, que se cree muy ingeniosa.
-No-corto-. Tratará sobre cómo semejante exposición de piel en un día cualquiera de marzo es directamente proporcional a la escasez de neuronas-no lo pilla, pero Clara sí.
-Bah, sigue esforzándote en estudiar... Aunque no serías capaz de hacerlo sin el tabaco, ¿no?-la miro duramente mientras me mordisqueo el labio por el interior.
-Tú no serás capaz de rendir con tanta marihuana rondando por tu cerebro. Una vez me dijiste una curiosidad sobre el cannabis: actúa como si te atravesaran el cerebro con una vara de metal. Ahora que te veo, parece que es cierto-escupo. Ella mira a Eric con desdén, y sé que se prepara para contraatacar.
-Oye, dile a tu novia que...
-No le digo nada, primero porque no es mi novia-empieza Eric-, y después porque no obedezco órdenes, menos de una aspirante a candidata para la mansión Playboy-me río con todo mi alma ante la pulla que le acaba de lanzar. ¡No sabía que tenía esos golpes! Me seco una lagrimita imaginaria mientras veo que Clara se pone roja de cólera y, justo cuando va a soltar una ráfaga de insultos, Ana la toma del brazo.
-Ya basta.
-La próxima vez, amiga mía, piensa en mi facilidad para dejar las cosas en evidencia-le digo.
-No soy amiga tuya-masculla.
-No, es obvio que no-digo, mientras apago la colilla y la tiro a una papelera cercana. Eric y yo seguimos andando, alejándonos de la abochornada tribu de mini-furcias.
-Felicidades por tu nota, que no te lo había dicho-le digo a Eric, después de un rato en silencio.
-Qué va. Eres malvada-dice, refiriéndose al pequeño altercado.
-Gracias, guapo-coqueteo, con mi deje irónico habitual-. No es un piropo que me digan a menudo. Y, oye, vaya salida que has tenido, me has dejado impresionada-él se quita un sombrero imaginario-. Oye, ¿te veré en Semana Santa?
-Seguro. Mañana mismo paso por casa de tu padre a buscarte y nos vamos a dar una vuelta.
-Estupendo-le doy un beso en la mejilla, a modo de despedida.

Al llegar a casa, corro y abro el cajón de los calcetines. Saco el sobre y observo la foto que me dio Lucas el día del Gran Chasco con Óscar. Muchas veces pienso en cómo se besaba con su enamorada, y me entran ganas de llorar, pero intento olvidarme el máximo de tiempo posible. De hecho, ahora me estoy lamentando entre líneas. Cuando lo veo por los pasillos, lo evito. Ya no voy a la biblioteca. No le he mandado ningún mensaje ni hablado con él por Facebook, y él tampoco parece acordarse de mí, lo que es tristísimo. Seguramente está tan enamorado que ni siqueira repara en mi repentina desaparición en su vida.

Para olvidar esto, me pongo a pensar en lo de Ana, que, de todos modos, es algo igual de peliagudo. No me explico nada, no me explico su comportamiento ni puedo imaginar lo que piensa o siente. Evoco cómo me ha mirado cuando le ha dicho a Clara que parara en el encontronazo. Parecía abatida y cansada, aunque, por lo visto, quien me llamaba de todo ahora parecía dispuesta a defenderme o, si más no, a evitar que esas pelandruscas de sus amigas intentaran herirme.

También pienso en Clara, en todo lo que ha pasado en tan poco tiempo. Con la llegada del invierno también vino su inesperado cambio, y su frialdad hacia mí. Suspiro. La echo de menos, mucho. Nadie sabe los buenos ratos que he pasado con ella, siento que es algo incomparable e irremplazable... Y perdido. Entonces recuerdo las palabras de Lara, sobre que lo que en realidad añoro es el pasado, y me seco la pequeña lágrima que empezaba a resbalar por mi mejilla.

Observo de nuevo la foto que tengo entre manos, y me fijo, como ya he hecho muchas veces desde aquél lluvioso día de mierda, en todos los detalles. Y, sobretodo, no dejo de mirar a Lucas. Nos llevamos doce años y es innegable la maldita atracción que siento hacia él. Me gusta, demonios, me gusta muchísimo, y cada vez se me nota más.

Debo estar volviéndome loca porque me olvido hasta de mentir.

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