viernes, 14 de septiembre de 2012

Capítulo 11-Sigo tu camino

-Sí. No entiendo nada de nada. La suerte es que ahora tengo tiempo libre... O más bien es una desgracia. Tengo tiempo para todo, es decir, para comerme el tarro con lo imbécil que se ha vuelto Clara, lo que me gusta Lucas y las pocas posibilidades que tengo con él, lo de Ana y su no-heterosexualidad y, por supuesto, lo que piensa Eric respecto al tabaco. No sé qué es lo que me cuesta más procesar.
-Bueno, lo cierto es que parece que te pasa todo a la vez. Clara no debería contar para nada, después de todo lo que...
-Ya, pero eso es lo que hace que sí me importe, muy a mi pesar: que ahora estamos en ese "después de todo", o sea, lo que ha pasado hasta ahora ha sido algo importante para mí, y...
-Oye. Basta ya. Estás de vacaciones, ¡relájate! Ya lo has dicho: tienes tiempo para pensar... Y para olvidarte de todo. Borrón y cuenta nueva. Lo que de verdad me deja anonadada es lo de la tal Ana...
-¿Sí? Pues me ha llamado hace un rato, y no lo he cogido. Total, ¿para qué?
-¿Para que te expliqué por qué pasó, por ejemplo?-suspiro, exasperada, y cambio de tema.
-¿Cómo fue lo de matemáticas?
-He quedado segunda-dice, con una sonrisa. Le doy un abrazo de oso: me alegro muchísimo por ella, y me la como a besos repitiendo "felicidades" un millón de veces y media-. Bueno, buena, ya vale, pegajosa-dice, entre risas-. La verdad es que estoy muy contenta... No es mucho dinero, pero ayuda bastante. Lo estamos guardando para los libros de texto del año siguiente...
-Oye, Lara-le digo, en voz baja, porque temo tocar un tema delicado-. ¿No es difícil para ti esto?
-¿Esto? ¿El qué?
-Esto. Trabajar para vivir.
-Bueno, tarde o temprano tengo que empezar, ¿no?
-Sí, pero... Tenemos la misma edad, y me parece que vivimos en galaxias diferentes. Mis problemas parecen nimios al lado de los tuyos.
-No tengo ningún problema, de verdad. Trabajo para ayudar a mi familia, y por mí: tengo que ir a la Universidad. Además, ya sabes que estudio tanto para conseguir becas y que sea más sencillo...
-Lara... En mi familia tampoco vamos súper sobrados de pasta, pero siempre que...
-No, Maya. No acepto limosnas. Vivo con lo que consigo yo misma y, aunque tengo que invertir tanto tiempo y esforzarme tanto, al final del día, un segundo antes de dormirme, me da una sensación de orgullo y felicidad que no puedo comparar con nada. ¡Estoy bien con lo que hago! Me gusta, porque me dice que me sirvo por mí misma, que puedo ser autosuficiente, y además ayudo a mi familia... ¿Te crees que yo tengo muchos amigos? ¡No, claro que no! Trabajo y estudio mucho, apenas tengo tiempo para salir por ahí, así que la gente se acaba alejando... Lo que es comprensible: ¿quién quiere a alguien que nunca puede estar? Nadie, por supuesto. A veces creo que es mejor, porque puedo concentrarme más en mis ocupaciones, al fin y al cabo, esto es por el futuro... Y no hay casi nada que me importe más que eso. Pero muchas veces, cuando tengo un minuto libre, pienso en lo sola que me siento y que me he sentido, y que todo lo que hago en realidad es egoísta... Y lloro, pero durante poco tiempo, porque al cabo de cinco minutos empieza mi turno en el café...-sonríe tristemente. Yo estoy muy afectada por lo que me acaba de decir, y más bien triste. La vuelvo a abrazar.
-Lo siento, lo siento tanto... Siempre podrás contar conmigo, te lo prometo, eres una amiga buenísima. Yo tengo tiempo para verte y estar contigo, y te juro que procuro hacerlo lo más a menudo posible... Puedes contarme lo que quieras, siempre seré tu amiga, de verdad, estoy más segura al decir esto de lo que he estado jamás...-digo, de un tirón. Ella me sonríe de nuevo.
-Gracias. Eres un cielo, una amiga maravillosa. No sabes cuánto me gustan estos ratos contigo, es el momento en el que puedo escaparme de lo que vivo... Y también me hace igual, o más feliz incluso.

Nos abrazamos durante un buen rato, y al llegar a la entrada de la cafetería nos despedimos: hoy no puedo quedarme, tengo que ir con mamá a comprar ropa de cara al buen tiempo. Aún así, compro un café para llevar y voy bebiéndomelo a medida que ando. Estoy intentando intercambiar la nicotina por la cafeína. Me lo dijo Eric.

-Eres muy fuerte, Maya. ¿De verdad no puedes seguir adelante sin el tabaco? Siempre pensaba que tenías más fuerza de voluntad. ¿Es necesario que fumes?

Le he estado dando vueltas, y la verdad es que estaba tan acostumbrada a mis tres cigarros diarios que ya ni me lo planteaba cuando fumaba. Más bien, debería decirlo en presente, porque aún fumo, pero sólo uno al día. En cuanto tengo ganas, me bebo un café y me calmo un poco. El único cigarro que queda es el de después de comer, y aún me lo pienso muchísimo. La verdad es que el planteamiento de Eric me hace pensar mucho en este tiempo que llevo fumando. ¿Para qué?

Justo giro una esquina y me choco con Lucas. Por la cara que lleva y los jadeos, iba corriendo. Lleva puesta su clásica camisa blanca y unos tejanos, muy favorecedor.
-¿Dónde ibas tan corriendo?-le digo, sonriéndole lo más cálidamente que puedo.
-A buscarte. Maya, Maya...-dice, mientras intenta recuperar la respiración. Apoya una mano en la pared que hay al lado, pero inmediatamente la pone sobre mi hombre, ejerciendo una ligera presión que hace que se me erice el vello. Pienso en la última vez que nos vimos, apenas hará dos días. Me besó en los labios al despedirnos. Fue corto y rápido, lo más probable es que calculara mal y me diera en los labios en vez de en la mejilla, pero... ¿Y si no? Sigo con mis dudas-. Maya...
-Tranquilo, toma aire, calma-mientras respira me pongo a contarle que estoy rompiendo con el mal hábito de fumar. Al final sí que lo dejaré, pienso. Igual no engroso la mortalidad temprana, como dijo mi profesora de sociales a principio de curso-. ¿Ya estás mejor?
Él toma aire, y me mira. Nos sonreímos, y empieza a hablar.
-No sé cómo lo has hecho, pero no puedo dejar de mirar esa fotografía. Ni la foto ni de mirarte a ti cada vez que estás cerca-me acaricia la cara y yo, sin darme cuenta, poso la mano sobre sus costillas-. Tienes unos ojos preciosos, una voz preciosa y... Toda tú eres preciosa. Podrías insultarme todo lo que quisieras, pero yo...



-¿Tú?-inquiero, sonriendo. Estoy empezando a ponerme nerviosa (pero nerviosa en plan agradable) con tanto halago. Observo su cara, y entonces se inclina hacia mí, y cuando me doy cuenta está a punto de besarme. Nuestros labios se rozan, y un chispazo eléctrico recorre mi columna vertebral. Se me ponen los pelos de punta. Se separa un momento, y vuelve a acercarse. Está vez me besa de una manera más directa, hunde sus labios en los míos y nuestros dientes chocan, entonces yo me aparto. Me toco los labios y me miro los dedos. Se me están llenando los ojos de lágrimas, aún habiendo sentido ese remolino de pensamientos, que todos eran "nada", y ese cosquilleo por debajo de la piel, y le miro con todo el dolor de saber que acabo de probar algo prohibido, algo que no me pertenece.
-¿Qué...?-empieza él.
-Tengo quince años, ¡tengo quince años!-digo, gritando en voz baja. Me mira, sorprendidísimo, y retrocede unos cuantos pasos-. Lucas-digo, tratando de asirle por el brazo, pero no puedo ni moverme, y me quedo con esa cara de masacre y de querer y no poder llorar. Él niega con la cabeza muy sutilmente y sigue alejándose. Cierro los ojos y hundo la cara entre las manos, medio volviéndome. Justo antes de empezar a llorar, veo entre las rendijas de los dedos cómo echa a correr para irse. Para huir.

Como si me dieran una paliza.

Acabo de sentir lo que llevaba tiempo esperando, y resulta ser el peor de los golpes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario