Estoy de mal humor. Todo el mundo me besa y nadie me da explicaciones. Llevo ya unos días dándole vueltas a lo de Ana. No creo que me vaya a decir nada, ni a aclararme el por qué de lo de que me besara. Es muy extraño. Es como si un chico que no te gusta te besara, quiero decir, un chico que no te atrae. Es curioso. No despertó en mí ninguna emoción que no fuera la incredulidad y la sorpresa. No sé cómo explicármelo, todo está en la mente de Ana, o ni siquiera eso.
Y Lucas... Hay mucho que comentar. Le dije lo de mi edad. Es que no creía que estuviera bien, aunque deseara ese beso con todas mis fuerzas. Y fue tan rápido, y tan confuso... Quince años. Nos llevamos doce, es muchísimo tiempo, más en mi vida, ya que sólo soy una niña. ¿A qué he estado jugando? ¿A flirtear con un HOMBRE, cuando ni siquiera tengo claro cómo administrar mi paga semanal (¿libros y CDs o ropa? Necesito comprar algo que ponerme porque ya mismo iré de manga corta, pero es que la literatura y la música me chiflan, y necesito expandir horizontes). Me siento más niña y más estúpida que nunca. ¿Qué me esperaba, que viniera a mí, tener una relación seria con él, pasear largas tardes a lo largo del río mientras se hace de noche, compartir cafés, ir a comer juntos, abrazarnos, caminar cogidos de la mano...? Por Dios. Soy un bebé idiotizado por los encantos de un tío bueno, inteligente y simpático. No sé qué me creo. No sé que me creía.
Pero es que me besó. Iba en mi búsqueda para besarme. Siente algo por mí.
¿Y lo he echado todo a perder? Probablemente. Soy imbécil. Él tiene VEINTISIETE años. Ah, no, veintiocho, que los cumplió hace poco. Es tanto tiempo... Y yo con una esperanza que no me atrevía a admitir, pensando exactamente eso, que él quizás podría quererme, aunque fuera sólo un poquito. Por una parte, me siento feliz y con renovada confianza en mí misma. Lucas siempre pone el listón alto respecto a las mujeres, así que quizás por eso me siento... No sé. Me miro al espejo y me creo que soy un poco más guapa. Lo malo es la otra parte, que sabe que tengo quince años, y que probablemente piensa que es un pederasta, y estará golpeándose la cabeza contra una pared cualquiera. Ojalá pudiera decirle que no. Si yo le gusto, o le gustaba sin saber mi edad, no sé por qué tendría que cambiar ahora que sí la sabe. Los sentimientos deberían ser los mismos.
No dejo de pensarlo. En la última clase del día, presto atención, aunque de fondo sigue el mismo rumor de <<¿Por qué no le gustas? La has cagado. Eres tonta. Olvídate de él. Ya no hay nada que hacer. Pero, ¿por qué no ibas a gustarle? Al fin y al cabo, te besó... Y cada vez que lo recuerdas se te ponen los pelos de punta, y sientes que podrías levitar, justo como ahora. Eres tonta, chica>>. Y es curioso, porque mientras tanto estoy escuchando todos los detalles sobre los zares rusos, entonces mis pensamientos se mezclan con nombres como "dinastía Romanov" y "Rasputín", y mi cerebro canta mentalmente: "Ra-Ra-Rasputin, Russia's greatest love machine...". Me plantearía el ingreso en un psiquiatra si estuviera de humor, pero no lo estoy. Lo único que me alegra un poco es la perspectiva de poder hablar un poco con Eric de camino a casa y desconectar durante cinco minutillos, aunque conociéndome, no seré capaz.
Cuando recojo mis cosas y las meto en la mochila, sigo con el mismo pensamiento. Es como si alguien le hubiera dado al modo "Repetir" y no fuera a pulsar el "Aleatorio" jamás.
-Hola.
-Menos mal que por fin te veo. No puedo más, me va a explotar la cabeza.
-Te queda bien el vestido.
-Gracias. Y a ti la camisa-camisa. Como Lucas.
-¿Se ha arreglado ya algo con Ana?
-Buf, no. Todo sigue igual. No me dice ni media.
-Pregúntaselo tú.
-Otro día, hoy no estoy de buen café.
-Vaya... ¿Sabes qué?
-Dime.
-Me he comprado un libro de física y química, sobre la teoría de la relatividad de Einstein. Es muy interesante.
-Oh. Supongo que vendrá con un laboratorio casero incorporado: haga su bomba nuclear usted mismo-él se ríe, y procede a explicarme cosas sobre la física que, lo siento mucho, no me interesan demasiado. Ra-Ra-Rasputin... Sus incursiones en los confines de la masa por la velocidad de la luz al cuadrado no logran despegarme de mis deprimentes y obsesivos pensamientos. <<¿Por qué no me quiere? Si le gustaba, debería gustarle también ahora...>>, etcétera etcétera.
Cuando llegamos a la puerta de casa de papá, Lucas está ahí, muy serio, esperándome. Noto que me pongo roja hasta las orejas. Boney M cesa por un momento en mi cabeza, y sólo puedo pensar: <<¡ESTÁ AQUÍ!>>. No sé qué cara de pánfila debo estar poniendo, pero noto que me arden las orejas, así que debo estar ruborizada hasta el cuero cabelludo. Eric también ve a Lucas, por lo que no es una imaginación mía.
-Eh, Maya...-yo estoy demasiado ocupada como para dejar de mirar a Lucas con los ojos abiertos como platos-. Maya, me voy. Ya nos veremos mañana, en el instituto.
-Sí, eh...-musito, levantando levemente la mano para despedirme. Eric se aleja a toda prisa, y yo intento guardar la compostura. Me echo una ojeada en una ventana impoluta que da a la calle y, al parecer, no estoy sonrojada, es sólo la sensación. Me pongo muy digna y estiro la espalda lo máximo que la mochila cargada de libros me permite. Me aparto el flequillo de la cara. Lo tengo demasiado largo, iré a cortármelo en cuanto pueda,. y también variaré la longitud del resto del cabello-. Hola. ¿Qué haces aquí?-por dentro, estoy loca de contenta de que haya venido, pero no dejo de pensar en cómo me he sentido, y me enfado un poco.
-Eh, venía a dirculparme.
-¿Por qué? ¿Por estar dándome esperanzas durante casi medio año o por dejarme tirada en la calle sin dar explicaciones, como si fuera un monstruo?-no me reprimo y lo digo todo de tirada, con pose de princesa ofendida.
-Lo siento mucho, Maya, lo siento mucho. Todo-me obliga a mirarle a los ojos y me toma de las manos-. Maya, te quiero. Me da igual si tienes quince, veinte, treinta y cinco o setenta años, te quiero, y punto. Siento mucho haberme comportado así, pero es que, por favor, comprende que...
-Que nos llevamos más de doce años y que te sientes un pedófilo. No pasa nada. No sabías mi edad. Lo siento-me congracio con él.
-Perfecto-dice, con una sonrisa impresionante-. Entonces, esto es que...-no espero a que acabe. Me pongo de puntillas y lo abrazo por el cuello. Inmediatamente, él me rodea por la cintura y me aprieta contra su cuerpo, y yo siento como si hubiera un concierto bajo mi piel. Nos besamos durante un buen rato, y debo decir que lo hace muy, muy, muy bien. Cuando dejamos de besarnos (ya me dolía la mandíbula y estaba cansada de estar tanto rato de puntillas), digo:
-¿Y entonces, qué?
-Quiero estar contigo-lo dice de una manera tan firme que tengo que apoyarme muy disimuladamente en la puerta para no caerme, porque siento que la tierra se mueve bajo mis pies.
-Entonces ya está todo dicho-él asiente, sonriendo, se inclina hacia mí y me da un beso suave y corto en los labios.
-Hasta la próxima-yo le sonrío y consigo meter la llave en la cerradura del portal. Entro en casa: aún no ha llegado papá. Siento que estoy a un palmo del suelo, y que la cara de boba que llevo no se me quita ni a bofetadas. Corro hacia mi cuarto y observo, una vez más, la foto.
Creo que a partir de ahora tengo una fuente de felicidad y polvos de hada para hartarme.
No me hartaré.

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