El sol calienta un poco. Ya va siendo hora, puesto que hace un par de días desde que entró marzo. Aún así, voy con el chaquetón, aunque las bufandas, los guantes y los jerséis han pasado a estar en las baldas mas altas de mi (o mis) armarios. Hoy voy con unos tejanos claros y largos, las Converse y una camiseta de media manga, blanca con rayas negras. Voy escuchando mi lista de reproducción de Green Day. All The Time se acaba y da paso a F. O. D. (Fuck Off and Die). Recuerdo que una vez Clara tuvo un disgusto muy grande con una chica a la que consideraba su amiga y que resultó no serlo, y le pasé esta canción. La iba canturreando en voz baja todo el tiempo, como hago yo ahora.
Let's nuke the bridge we torched two thousand times before, this time we'll blast it all to hell... I've had this burning in my guts now for so long, my belly's aching now to say...-y entonces viene el estallido de la guitarra eléctrica, el bajo y la batería, haciéndome sonreír.
Cerca de la entrada me encuentro con Eric. Últimamente alterno los deberes en la biblioteca con los deberes con él, porque cuando no entiendo algo de matemáticas, él me lo explica, y si él no entiende algo de francés, yo le ayudo. Él es lo que a mí me falta, y viceversa. Nos complementamos.
-Buenos días.
-Hola, ¿cómo estás?
-Bien, bien. ¿Y tú?
-Bien. ¿Escuchaste la canción que te dije?
-¿Cuál de todas ellas?
-Pues... todas ellas. O una cualquiera.
-The Judge's Daughter me gustó bastante.
-A mí se me ponen los pelos de punta, es asombrosa. Suena tan distinta a cómo suenan las de ahora...
-Pues sí. Y tú, ¿has escuchado 3000 flowers?
-Sí-digo, sin evitar una sonrisilla. El otro día Lucas me la enseñó, a mí y al resto de gente del café. Se sentó al piano y empezó a tocarle, y debo decir que sonaba de una forma tan suave que dolía-. Me encanta. Es como... No sé cómo explicarlo.
-A veces la única forma de explicarlo es la música.
-Puede ser-sonreímos-. Sí.
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Después de la última clase me acerco a Clara que, para variar, está sola en vez de con el grupo. Ya he dicho que el calor va llegando, pero parece que para ella es, por lo menos, mayo. Va con unos pantalones cortos (sin medias), unas bambas gruesas y una chaqueta de estas que parecen de plástico de Adidas, que tan de moda se han puesto. Toda ella parece una valle publicitaria. Está hablando por teléfono (su nueva Blackberry). Espero pacientemente a que acabe de hablar, y cuando cuelga se gira y me ve. Le sonrío amablemente, pone los ojos en blanco y se va. Corro hacia ella y le doy unos toquecitos en el brazo.
-Estaba esperando poder hablar contigo.
-¿Qué quieres?-pregunta, muy insolente.
-Hace días que no sé nada de ti. ¿Puedes quedar un día de estos?
-No-dice, rotunda.
-¿Por qué?-pregunto, notando que me pongo a la defensiva.
-Porque no quiero quedar contigo-sin darme tiempo a pensar ya pregunto el por qué de nuevo-. Pues porque eres una marginada muy sosa, y una pesada. Ahora déjame tranquila.
-¿Qué se siente al no reconocer la persona que ves en el espejo?
-Soy quién soy. Me arrepiento de haber pasado tanto tiempo contigo.
-Perfecto, te han lavado el cerebro y ahora eres otra más.
-Cállate, imbécil.
-Igual tengo que pagarte por discutir contigo, ¿no?-digo, señalando su escote.
-¿De qué vas? ¿Qué te crees, que puedes ir por ahí intentando parecerte a mñi o diciendo que tenemos algo en común?
-¿De qué coño estás hablando? ¡Te lo estás inventando todo!
-Que me dejes.
-No me tiembla el pulso en hacerlo. Ojalá te quedes sola y vengas a buscarme. Ese día sabrás en qué te has convertido.
Me alejo apresuradamente, aunque siento que cada pie me pesa veinte quilos. La música que retumba en mis tímpanos me impide oír algo más que no sea la sangre latiendo en mi sien. Y las lágrimas que a cuden a mis ojos empañan el mundo, y no puedo ver. Reprimo el temblor del labio inferior mordiéndolo con fuerza suficiente como para que sangren, aunque no llega a brotar ese líquido rojo. Voy lo más rápida que puedo en dirección a casa de mi madre. El sol brilla insultantemente, calentándome la espalda, y el cielo está despejado. Y se ha estropeado todo de repente. Mi tráquea se oprime por los lamentos que logro acallar. No lloro, no lloro, no lloro, sólo me fundo con la acera, con las fachadas de los edificios, sólo quiero dejar de existir.
Al llegar a casa, nada más cerrar la puerta, cae una lágrima por mi mejilla. Dejo de morderme y libero un suspiro, que tiene más de gemido. Corro a mi habitación, cierro la puerta y lloro amargamente. Recuerdo cuando este noviembre que el hombro de Clara en el que me apoyé para sostenerme... ¿Y qué me queda ahora? Llorar. Y lloro tanto que intuyo una afonía. Cuando dejo de temblar un poco, me fumo un cigarro, sin que las lágrimas dejen de brotar de mis ojos y resbalar por mi cara, hasta que decido que no puedo perder más el tiempo de esta mantera tan miserable. Me sueno la nariz y salgo de mi cuarto, encogida y con la cara demacrada por la tristeza. Entonces se abre la puerta del baño y sale mamá con su albornoz y una toalla en la cabeza a modo de turbante. Me ve en medio del pasillo, y yo vuelvo la cara. Entonces una penosa sacudida surge de mi ser, y mamá se acerca a mí, cautelosamente.
-Cielo, ¿qué...?-empiezo a llorar de nuevo, en silencio-. Maya, ¿estás..?-sorbo la nariz y mamá me mira a los ojos-. ¿Maya? ¿Qué te pasa?
-Cla... Clara...-digo, entre sollozos. No puedo hablar, sólo sacudirme con esos horribles espasmos que me llenan aún más de pena. Entonces vuelvo a llorar, esta vez sin reprimirme, en alto. Me tiro al suelo de rodillas y lloro escandalosamente. No quiero que quede ni un atisbo de pena en mí, no quiero aguantar nada. Mamá se arrodilla a mi lado y me abraza mientras me desespero y corren ríos de lágrimas por mi cara. Cuando me calmo un poco, le explico desordenadamente, pero con todos los detalles, lo que ha pasado con Clara desde que se junta con esas chicas. Ella sólo me aprieta contra su cuerpo envuelto en el albornoz, tan suave, y me recuerda a cuando tenía unos diez años y tuve un enfado muy grande con una chica y el chico que me gustaba entonces. Me siento algo reconfortada, y me lavo la cara y me sueno la nariz. Entonces se lo vuelvo a contar todo, esta vez más calmada, aunque lloro un poco más, y le explico que me siento una estúpida por no haber hecho nada y por llorar tanto, y por todo.
-No tienes la culpa de nada, tesoro, eso tienes que tenerlo en cuenta desde ahora.
Poco a poco, entre los abrazos y las sabias palabras de mi madre, voy dejando de llorar, aunque me siento igual de hecha polvo. Hago los deberes con la mano temblorosa y me fumo otro cigarro mientras tanto. Escucho música para intentar distraerme y leo. Entonces empieza a sonar Tristesse, de Chopin, y en el libro que me estoy leyendo atropellan a un pobre perro. Malhumorada, cierro el libro bruscamente y cambio de canción, y empieza a sonar Prosthetic Head, seguido de Reject, y me animo.
Rock para el alma. Eso sí que me ayuda.
Esa noche, después de tomarme un bol de leche caliente con cereales a modo de cena, me despido de mamá y me meto en la cama. Ha sido un día de mierda. Me duermo rápidamente; tampoco creo que pudiera soportar muchos minutos más.

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