domingo, 19 de agosto de 2012

Capítulo 9-"Scattered" and "Redundant"


-¿Scattered?
-Bueno, llevo ya un con las clases de canto. ¿Tú crees que puedo?
-Obviamente-me dice Lara, con su habitual sonrisa amplia y amable. Entonces nos callamos porque los gemelos habituales acaban de subir al escenario. Les escuchamos cantar su versión de Our Day Will Come, de Amy Winehouse, y después sube un hombre de unos cuarenta años largos y canta Black is Black, de Los Bravos, y debo admitir que lo hace con mucha gracia. Después llega mi turno. Me aliso la camiseta de Green Day que llevo debajo de la sudadera ( y para justificar cualquier problema con temas de copyright) y subo al escenario.
-Well, I've got some scattered pictures / lying on my bedroom floor / reminds me of the times we shared...

Para cuando acabo, una ovación hace que me salten los colores. Los ejercicios de proyección de la voz y de respiración han dado sus frutos, y se nota. Mi voz suena con el mismo timbre, pero ahora es más alta y clara, más potente. Del mismo modo ahora puedo alcanzar tonos y notas más graves y más agudos. Estoy muy satisfecha con los resultados.

-Graba un disco.
-¿Con cincel?
-Imbécil-se ríe Lara-. ¿Sabes qué? Soy candidata para un concurso comarcal de matemáticas.
-¿Qué?
-Si... Mi nivel es realmente bueno.
-¡Modesta!
-No, sabes que no-sonríe-. Al parecer, soy la que tiene mejor nivel de todo el instituto...
-¿Más que de Bachillerato?
-Sí, pero me presento a la de Segundo Ciclo de ESO.
-Oh... Bueno, ¿y qué más?
-Se trata de superar unas pruebas de aritmética, álgebra, geometría... De lógica, vaya. Y participa gente de toda la Comunidad Autónoma-hago una mueca.
-¿No será difícil?
-Bueno, alguien tiene que ganar, ¿no?-dice ella con su optimismo arrollador.
-Por supuesto, y tienes muchos números.
-Qué graciosa-ni me había dado cuenta del chiste fácil.
-¿Y hay premio?
-Sí. Vales para libros.
-Lo típico...
-Y una gratificación económica de 500€ si quedo primera.
-Espera, espera... Rebobina-digo, sonriendo.
-Sí. Si quedas segundo, 300€ y si quedas tercero 100. Está bien, ¿eh?
-Está... de puta madre-reímos-. ¿Y cuándo participas?
-En tres semanas.
-Ojalá ganes-le digo, sinceramente-. Aunque pocas mentes tan brillantes como la tuya hay.
-Aduladora...
-¿No eras tan inmodesta?
-Bah-sacude la mano y se las seca del agua. Hoy su hermana Sandra se quedaba a casa de una amiga, y Lara trabajaba hasta esta hora-. Ahora vuelvo.

La espero mientras me pongo la sudadera. Me dirijo a la puerta, y las nubes grises que se amontonan en el cielo me hacen sospechar sobre un próximo chaparrón primaveral. Es lo que tiene marzo. En marzo, aguas mil. Y me da igual que el dicho popular no sea así, pero en marzo también llueve, lo mires por donde lo mires. Vuelvo la vista hacia el tibio local. Lara aún se está cambiando de ropa. Me entretengo haciendo listas de cosas absurdas, como acostumbraba a hacer el año pasado. Últimamente no tengo tiempo ni de aburrirme, así que lo de hacer listas de ocho cosas está quedando en el pasado.

Cosas que me caracterizan (actualmente):
1-Ojos verdes (tan pronto abrasan, hielan).
2-Sarcasmo e ironía más que evidentes.
3-Tabaco. Un sello distintivo (y caro).
4-Adicción a escuchar música y afición de cantar.
5-Enamoramiento a largo plazo de Óscar
6-Confusión respecto a Lucas, el tío bueno.
7-Ganas de alejarme de Clara cuanto más, mejor, y al mismo tiempo, sentimiento de protección hacia ella.
8-Suerte por haberme encontrado con Lara y Eric.

Salimos juntas. Andamos unas cuantas calles hablando de todo. Nos despedimos, y ella se mete en la boca del metro. Yo sigo caminando sin dejar de mirar al cielo ceniciento. Doblo una esquina. Se cumplen mis pronósticos y empieza a llover. La gente se apresura por llegar a alguna parte. Las figuras andantes en la calle van bajo sus paraguas. Maldigo mi sudadera por no tener capucha. De todos modos, dejo que las gotas mojen mi cara. Estoy demasiado feliz como para ponerme a lloriquear. Me pongo a canturrear ¡Viva la Gloria!, y después Redundant, de Green Day. La lluvia va agravándose y las gotas son más gruesas, empezando a ser molesta. Los paraguas, los impermeables, las capuchas van y vienen, y los coches salpican al pasar sobre los charcos que se forman a los lados de la calzada. Entre toda esa gente me fijo en una pareja, acurrucada bajo una cornisa. Parece que tengan todo el tiempo del mundo el uno para el otro, parece que les da igual lo que sucede a su alrededor. Sólo están ellos. Se besan, y yo sonrío. En un mundo a rebosar de odio, encontrar el amor debe ser algo bonito. Es algo precioso, como si caminas sólo en una noche oscura, fría y angosta por Barcelona, y te sientes solo. Como si llegaras a la fuente de Montjuïc. Te quedas pasmado ante el espectáculo de agua y colores, y miras a la gente que se reúne para hacer lo mismo que tú: mirar y admirar, aunque sea sólo un instante. Y entonces dejas de sentirte solo. La melena alborotada rubia del chico se aparta de la cara de la chica, y se sonríen con un deje soñador. A través de los cristales de las gafas de él, puedo ver cómo la mira, de un modo con el que yo he soñado que me mire, y cierran los ojos. Se susurran, y ella se azora. El beso aún está fresco, en el aire. Mi visibilidad disminuye al tiempo que se me empañan los ojos de lágrimas. Mi sonrisa es un juguete roto. Las lágrimas se funden con la lluvia. Puedo ver que la pareja se va a resguardar, corriendo por los charcos de la mano. Me quedo parada en la calle, entre el tumulto de gente que choca conmigo. 



Ojalá me traspasaran. No hay ni una buena cara. Me muerdo el labio y, entre sollozos y en voz baja, canto el estribillo.
-Now I cannot sleep, I've lost my voice, spechless and redundant, 'cause I love you is not enough, I'm lost for words...

No sé cuánto tiempo sigo ahí parada. La calle se vacía un poco, porque no hay mucho sitio para no mojarse. Me siento destrozada. Mi corazón ha sido masacrado. Lo han arrojado a las vías del tren. Le han asestado numerosos hachazos. Se han divertido ahogándolo y magullándolo, acabando en una nefasta sangría. No sé cómo aún late. Entonces deja de llover sobre mí. Alzo la vista y, entre lágrimas, veo un paraguas que me cubre.
-¿Te acompaño a casa?-dice una voz profunda y cálida. Aspiro. Huele a lluvia.
-Me sentía especial, y sólo soy otra ilusa-le digo a Lucas mientras me seco el reguero de lágrimas.
Caminamos sin hablar, y yo sólo lloro en silencio. Siento que todo carece de sentido. El dolor es tan apabullante que me llena el tórax y no puedo apenas respirar. Intentando calmarme, trato de verlo todo desde otra perspectiva, mientras las lágrimas siguen rodando por mis mejillas. Estoy empapada, y me está dando frío. En el fondo tiene gracia. El amor es una gran mierda, pienso. Entonces sonrío interiormente, porque por fuera no puedo hacerlo. Ha bastado un instante para que mi opinión cambie. A la mierda todo. Ni la puñetera fuente de Montjuïc me animaría. Carraspeo, y dejo de mirar al suelo. Ya que me siento hecha una mierda, voy a sentirme hecha mierda mirando al frente. Intento encender un cigarro, pero las manos me tiemblan demasiado. Al final lo enciende Lucas, y me lo pone en los labios mientras doy una gran calada. Entonces me acuerdo del sobre que le di a Lara para Lucas, y me pregunto si lo habrá abierto. Dentro había una foto de mí cantando, cigarro en mano. Llevaba una cazadora tipo aviador y estaba sentada en un banco. ES, posiblemente, la mejor foto que me han hecho nunca. La tomó Clara, y está en blanco y negro. Ojalá pudiera sentirme tan bien como estaba en el momento de la foto.
-Maya-dice Lucas en voz baja, viendo que me he calmado un poco, aunque sigo llorando. No quiero imaginarme qué pintas llevo: ojos enrojecidos a juego con el resto de la cara, las pestañas pegadas entre ellas por las lágrimas, la cara casi erosionada de tanto agua, los labios un poco hinchados... Un panorama patético.
-¿Qué?-le pregunto, mientras sorbo. Le miro a la cara, y me mira cómo preguntándose el qué-.  Le quiero desde hace tanto tiempo... Y ahora parecía que, quizás... Soy estúpida-me río y sollozo de nuevo. Él me mira fijamente, como el primer día, pero esta vez aparto la mirada al suelo, y después vuelvo a mirar de frente.
-Llora todo lo que necesites.
-Lo raro es que ahora no esté más seca que una pasa, he agotado todas las reservas de agua-digo, destilando mi sátira habitual-. Soy gilipollas, de verdad. No hago más que hacerme ilusiones y...
-¿Y?-inquiere, con voz calmada.
-Y además estás tú-digo, mirándole a los ojos. Lo suelto con tanta parsimonia y tanta seguridad que, en mi fuero interno, me quedo pasmada-. Te ví aquél día y ya no puedo dejar de buscarte, vaya dónde vaya. Óscar...-suspiro-. Llevo tanto tiempo queriéndole... Y apareciste tú, y todo dejó de tener pies y cabeza. También eres otra ilusión, vamos que si lo sé. Es que le quiero, Lucas, por eso lloro-digo, amargamente. Me aclaro la garganta y sorbo de nuevo. Me seco la cara y me aparto el flequillo de los ojos-. Es otra ilusión, como tú. Y a ti también. También te quiero-me quedo en silencio, meditando, y después digo las palabras que, posiblemente, sean las más sabias y las más ciertas que jamás hayan salido de mis labios-: Soy una imbécil más. Doblemente-me lamo los labios, que, como pensé antes, están secos. Seguimos andando en silencio hasta llegar al portal de casa de papá. Me quedo parada, observando su gesto dulce. Inconscientemente, levanto una mano hacia sus labios, pero se paraliza antes de rozarlos siquiera. Es como si, de repente, me diera cuenta de todo. "¿Qué estoy haciendo?", me pregunto. Entonces me tiembla el brazo y lo dejo caer, abatida. Agacho la cabeza, pero la mano suave y firme de Lucas me toma de la barbilla y me hace mirarle directamente a los ojos. Parece que lea en mí. Entonces se inclina hacia mi cara y deja un beso muy dulce en mi mejilla. Me tiende un sobre mientras se muerde el labio por dentro. Sé lo que es la incertidumbre. Cree que no me doy cuenta, pero sí. Nos miramos de nuevo. Entonces me aparta el flequillo de la cara, y me mira. Parece que quiere decir algo, pero no despega los labios. Entonces se da media vuelta y se pierde en la lluvia. Me quedo paralizada un momento, pero vuelvo a poner los pies en la tierra y abro la puerta y subo los escalones. Papá ha dejado una nota:

Salgo a cenar con una amiga, Maya. La cena está en la nevera, envuelta con film transparente. Cuando llegues a casa hazme una perdida.
Te quiero,
Papá

Cojo el teléfono y marco el número. Apenas lo dejo sonar una vez, y cuelgo. Me desnudo y voy a la bañera. Estoy triste y cansada, parece que he envejecido mil años, aunque, curiosamente, estoy muy en calma. Me meto bajo el agua, y esta vez la lluvia que sale de la alcachofa de la ducha está muy caliente. Me quedo ahí, de pie, sin hacer nada, dejando que los pensamientos vayan y vengan por mi mente, sin entretenerme en nada. Me enjabono y le lavo el pelo. Aún me quedo un rato más en la ducha, hasta que decido salir. Me recorre un escalofrío, que hace que se me pongan de punta todos los pelos del cuerpo. Me seco y me pongo las bragas. Después me pongo el pantalón del pijama y una camiseta vieja de Rancid. Me desenredo el pelo y lo peino. Entonces, me quedo mirando mi reflejo. Todo estña muy silencioso, casi puedo oírme respirar. Examino mis ojos verdes, con las pestañas tan negras y espesas como mi pelo. La nariz, más bien grande y chata. Los labios rosados. Me miro, en el espejo, los lunares de los barzos. Soy yo. Quiero repetir el gesto de antes y alzar la mano para tocar el cristal, algo empañado y frío, pero en vez de eso toco mi mejilla caliente, justo donde Lucas ha dejado su beso. No puedo quitarme la maldita imagen de Óscar con su novia de la cabeza. Todo encaja. Nunca he estado ahí, nunca he sido yo. Mis dedos trazan un círculo en la mejilla. Aún puedo notar sus labios, palpitantes, posados sobre mi cara. Tan dulce, tan tierno, y tan efímero. En mi cuarto abro el sobre, y saco la fotografía. Es Lucas, vestido con una camiseta blanca y unos tejanos, sonriendo con un cigarro entre los dedos. Se nota que estaba intentando quedar bien en la foto, pero alguien estaba haciendo el imbécil por detrás de la cámara y quiso reírse. Es una foto preciosa. La coloco junto El Doctor, de Noah Gordon, en mi escritorio.

No ceno, no bebo agua, no pienso. Sólo me meto en la cama y miro la oscuridad de las luces apagadas de mi habitación. No quiero sino dormir y dejar que transcurran las horas, aunque, en realidad, no permitiría que eso pasara, porque hay una vida ahí fuera, y es la mía.

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